Músico
nato, aprendió a tocar influenciado por su padre, guitarrista, cantor
e integrante del dúo Acosta-Villafañe. A los diez años estudió
guitarra con Pedro Ramírez Sánchez, maestro y amigo de su padre. Desde
1980 es solista en la Orquesta del Tango de la Ciudad de Bs. As. y
fundador de la Escuela de Música Popular, donde es profesor titular
de las cátedras de Historia del Tango y Guitarra Tango. En 1985 la
Asociación Gardeliana le entregó la "Orden del
Porteño"; en 1986 le otorgó el Gardel de Oro y
en 1987 la Casa del Tango de Bs.As. lo distinguió con el premio
"Fundación Casa del Tango". Es miembro titular de
la Academia Nacional del Tango y de la Academia Argentina de Música.
En abril de 2003, una de las guitarras legendarias del tango nos recibía
en su hogar, en la sala de su estudio que lleva el nombre de su maestro
Pedro Ramírez Sánchez.
¿Cómo
fué su formación guitarrística?
Mi padre fué primera voz del grupo de Acosta Villafañe, cantaba
folclore, así que desde chiquito estaba sintiendo cantar zambas, gatos,
chacareras. Luego mi padre se desvinculó y empezó a estudiar guitarra.
Como se dió cuenta que yo tenía condiciones, me puso a estudiar
con su mismo maestro, que se llamaba Pedro Ramírez Sánchez. Mi maestro
fue un hombre que me hizo mucho bien, no solo como maestro sino también
como ser humano, un segundo padre. Estudié muy fuerte técnica clásica
con él desde los nueve a los quince años, con el método de la escuela
de Tárrega (para mí, el mejor guitarrista de todos los tiempos). Comencé
dando conciertos de música clásica, y recuerdo uno que dí en
el Teatro Callao, de pantalones cortos, tenía 14 años y toqué con
una guitarra prestada, ya que mis padres andaban muy mal de dinero.
Esto es importante, la voluntad fue más que todo; a partir de ahí
fueron una infinidad de penurias hasta que me dí cuenta que
tenía aptitudes para la música popular. Un día me llamaron para acompañar
a unos aficionados de tango y resulta que anduve bien. A partir de
ahí, a los 15 años, comencé a acompañar a cantores en los famosos
concursos de aficionados tocando más tango que folclore. Así me fuí
haciendo, hasta que alrededor de los veinticinco años ya me empezaron
a distinguir algunos y empecé a tocar y a acompañar a uno y otro.
Recuerdo un cantor de Mataderos al que acompañé que se llamaba Angel
Reco. Con él recorrimos muchos lugares. En el ´49 ingresé
al cuarteto de Alberto Ortíz, en La Querencia, de Av. de Mayo, donde
acompañábamos a todos los cantores que pasaban por ahí, y así fuí
escalando dentro de lo que se podría llamar una carrera. Un día cayó
al lugar Ricardo Pimentel, un humorista que tenía una audiencia muy
grande, y me ofreció hacer un trabajo cómico-musical; con él estuve
alrededor de dos años haciendo shows por todo el país.
En un lugar llamado El Grillo, de la calle Corrientes, donde estaba
trabajando junto a Pimentel, se encontraba trabajando también Héctor
Maure con sus guitarras, uno de los grandes valores del tango de todas
las épocas y, al parecer, como se dice, “me echó el ojo”. Y ahí se
dió la oportunidad de tocar ya que se fue uno de los guitarristas
de Maure, Gasparini. Ese fue el primer punto importante dentro de
mi carrera, y trabajamos mucho. Estuve tocando en varios cuartetos,
como el de Armando Pontiel y el de Enrique Alessio. En esa época había
mucho trabajo, y me dí el gusto de tocar y acompañar a casi
todos; inclusive estuve en el cuarteto llamado A Puro Tango
de Miguel Nijenson, con el cual acompañábamos a todos los cantantes
importantes de la época y grabamos junto a ellos. También acompañé
a Susana Rinaldi, Goyeneche, Alberto Marino, Alberto Podestá, Rivero.
Cuando vuelvo de una gira por Europa con la Rinaldi resulta que en
esa época ya las orquestas empezaron a trabajar poco y se empezaron
a armar cuartetos, quintetos y sextetos. Troilo arma su cuarteto,
(en el que estaban De lío, Colángelo y Alfredo del Baño) y
en el año ´69 me llama a raíz de que se marchaba De Lío. Estuve
con él hasta 1975, año en que murió. Si estuviera vivo hubiese seguido
con él; era un gordo maravilloso, lo quería mucho. En el ´79
se crea la Orquesta de Tango de Buenos Aires, con Carlos García al
frente, y este es el punto culminante de mi carrera. Fuí invitado
a tocar en una gira que se haría por Japón con la orquesta. En ese
momento tenía bastante trabajo (no muy bueno, pero tocaba todo los
días en los piringundines del bajo, solo con mi guitarra). Me estaba
haciendo guitarrista en serio.
Con respecto a lo económico, era cambiar la plata. Y encima cuando
volviera iba a tener que remar de vuelta. Entonces dije que no. García
me vino a buscar dos veces más y al final acepté. Me hizo la promesa
de que si yo lo acompañaba en la gira, tendría el puesto asegurado
en la orquesta. Y en ella me encuentro hasta la fecha, ya hace 23
años. En los tiempos libres me dedico a acompañar, hacer arreglos,
estudiar, dar clases.
¿Qué hay que tener en cuenta para acompañar?
Primero se debe conocer la guitarra y el género al pelo, escuchar
mucho porque ahora no hay tantos referentes vivos, escuchar detenidamente,
como un trabajo, y así poder ir descubriendo las ñañas que tiene y
los estilos. Porque lo importante es lo que vino de De Caro a la fecha.
Vinieron los “estilos”. No es como en la Guardia Vieja en la que se
tocaba todo igual (y con esto no la estoy despreciando, ya que a mí
me gusta más la esencia del tango que está en la Guardia vieja).
No obstante, en la época de los estilos tenemos composiciones muy
buenas de dúos, de orquestas, tríos, cuartetos o solistas. En la época
que yo estudiaba nadie tocaba solo, había algunos arreglos de Julio
Sagreras o de Domingo Prat. Pero era como Bach tocando tango, era
muy cuadrado, le faltaba la esencia del tango. No digo que estaba
mal, pero el tango es otra cosa, es una vivencia, es la vida que corre
por las notas, por las letras. Cuando uno se pone a tocar o a cantar
tiene que sentirlo, no es solamente tocar las notas.
¿Qué particularidades tiene el tango
que hay que tenerlas en cuenta a la hora de interpretarlo?
Lo fundamental en el caso del tango es el conocimiento y el estudio
de la letra. Va de la mano con la interpretación. Lo primero es saber
la letra. Por esa razón enlas partituras que yo escribo se encuentra
primero la parte escrita y después la letra, en la misma hoja. En
los tangos que no tienen letra, quedará la interpretación por cuenta
del interprete. La interpretación es lo más difícil.
Cuando hacemos un arreglo para guitarra sola
¿qué hay que tener en cuenta?
Primero tiene que gustarle la pieza, conocerla y no hacerlo por plata.
Yo lo hago porque me gusta, y tengo cerca de cien arreglos, porque
estoy enamorado del tango. Por ejemplo, me gusta cómo tiene
grabado Troilo con su orquesta “Quejas de Bandoneón” y trato
dentro de lo posible de hacer lo que hace la orquesta, resumido en
las seis cuerdas. Es una ilusión, no sé si vana, pero yo lo he logrado,
por ejemplo, con “Responso”. Eso no es fácil, hay que escuchar
y sacar la esencia. Yo no soy de los tipos que hacen transcripciones
nota a nota, eso a mí no me gusta, no suena, hay que hacer
inversiones, fugas o contrapuntos, y por eso hay que conocer mucho
pero, por sobre todo, tener buen gusto.
¿Qué consejo le daría a un estudiante principiante,
a alguien de nivel medio y a un profesional, para interpretar la guitarra
en el tango?
Primero, que para tocar el tango tiene que estudiar bien la técnica
de guitarra clásica y permanentemente tiene que practicar ejercicios
técnicos. A los más avanzados, les diría que no subestimen ni a una
redonda; que deben buscar, por sobre todo, la interpretación, el sonido.
¿Cómo fué la grabación del disco,
junto a Montes en bandoneón y el disco solista?
En el disco junto a Montes, hicimos tres pasadas de cada tema, para
después elegir cual quedaría. A veces no sabíamos con cual quedarnos,
porque estaban todas bárbaras. De ese disco no hay ninguna partitura
escrita. El disco surgió de la base de la experiencia que teníamos
los dos. El primer disco solista también se hizo rápido pero los arreglos
están todos escritos.
Un consejo para los músicos que leen la revista...
Sigan el género que les guste y sean auténticos, estúdienlo sin desvirtuarlo.